Iris Van Dongen/Kimberly Clark / Galería Luis Adelantado Valencia

Si el simbolismo es una reacción al materialismo, al moralismo y al racionalismo, Iris Van Dongen lo reescribe bajo una mirada de mujer.

Los retratos de semidesnudos en penumbra del fin del siglo XIX fueron hechos por hombres. Ella utiliza la misma pericia técnica, una gran destreza en el uso del pastel, la acuarela y el carboncillo, pero hay un sutil cambio en el contenido. Aparentemente iguales, los cuadros que entonces sugerían pecado ahora no son más que desnudos, algunos no más eróticos que un bodegón. Iris Van Dongen también reinterpreta el decadentismo y señala que maldad y femenino no son sinónimos, lo que no quita que puedan coincidir por decisión de la propia mujer. Así configura Van Dongen la tensión existente en sus grandes dibujos, modificando y actualizando el mensaje sobre la base de un estilo clásico sin someterse a mitologías sino a lo terrenal y corpóreo. Al reescribir el relato, subvierte el modelo de mujer que promocionaba el simbolismo.

Aquel ser al servicio de lo masculino lo reconduce hacia un estar femenino. Un aquí y ahora femenino, que disfruta de su condición y que nunca cae en el anecdótico y temático desnudo. Aunque como estrategia para distanciarse de los cuerpos los trate como si fueran objetos, en ningún momento convierte a la mujer en mercancía. Van Dongen no reivindica la mujer, retrata su devenir.
Se diría que Iris Van Dongen elimina los restos del idealismo romántico que pudiesen quedar en el simbolismo y si bien se acerca al decadentismo no pretende la evasión de lo cotidiano y ellas no están mostradas como heroínas.

Modificando la manera de mirar, lo que era erotismo ahora es simplemente desvestirse o estar desnudo. No debemos olvidar que todos los retratos de Dorian Gray de fin del siglo XIX fueron pintados por hombres. Iris Van Dongen reinventa el mundo del simbolismo jugando con sus tópicos. Tanto si miran directamente al espectador como si son ellas las que observan sin ser vistas con algo malicioso en el semblante, las monumentales mujeres retratadas por la artista ya no son flores del mal por el hecho de ser mujeres, pero lo serán si desean serlo, y no por el designio de un creador masculino, sino por propia voluntad. Para ellas el placer ya no es el mal, ni es un relato al dictado de un hombre.
Las mujeres de Van Dongen, medio desnudas o ataviadas como hooligans con la bufanda del aficionado al fútbol, son por encima de todo dueñas de su presente.

Hay cierta comunión con la naturaleza para constatar que una cosa es el sexo y otra el género. El primero se inscribe en la naturaleza, el segundo es una construcción social.
También percibimos un aroma a Dante Gabriel Rossetti, por la minuciosidad y el colorido, por la mencionada monumentalidad de las figuras y por el carisma que impregna a las retratadas si bien difiere en que no suele hacer referencia a personajes mitológicos o legendarios. Cuando lo hace es para modificar el relato, la Ophelia de Iris Van Dongen, de aspecto andrógino, está viva y no parece dispuesta a sumergirse en el agua. Y la mujer sorprendida en su alcoba ya no es la Ecce Ancilla Domini que pintó Rossetti, la vemos sobresaltada en su intimidad, sí, pero nunca más esclava de ningún señor.
Rossetti, también perteneciente al siglo XIX, como James Ensor, o Franz Von Stuck, es una más de las eclécticas influencias que la artista suma dotando a sus obras de una deliberada indeterminación.

En palabras de Odilon Redon el arte “como la música, se sitúa en el mundo ambiguo de lo indeterminado”. Van Dongen mediante una cuidadosa ambigüedad provoca la “deliciosa inquietud” que pretendía Redon para el arte.

Al fascinante trabajo en solitario, Iris Van Dongen suma la fulgurante trayectoria desarrollada desde 2005 con el colectivo Kimberly Clark en compañía de Eveline van de Griend y Ellemieke Schoenmake.

Kimberly Clark lleva al extremo la rebeldía latente en Iris Van Dongen. Mefistófeles y todos los mitos escritos por hombres y para hombres han sido superados por el consumismo. La mujer es presa de la sociedad del espectáculo. Clark aboca al ridículo a una mujer en éxtasis, vándalo, desesperada, individuo contemporáneo que ha pasado de disfrutar, a soportar el desenlace de su propio hedonismo bajo una mirada que combina crítica y humor negro. Un llameante e inmisericorde humor.

Kimberly Clark dedica una sonora carcajada a nuestra autocomplacencia. No está aquí para salvarnos, no va a morir crucificada por nosotros. El monte del Gólgota ahora no es más que un montón de chatarra y desperdicios.
Sus esculturas son reflejo de un Dorian Gray depravado que empieza a darse cuenta de que no está funcionando el plan como había previsto. No hay pacto con el diablo. No hay Mefistófeles. Las figuras de Clark son esclavas de su tiempo, y lo viven al límite, frente a los escaparates, en la noche sobre los restos de la fiesta callejera, en la discoteca, en los macroconciertos. Su única salida es hacia adelante. Eso simboliza la inquietante instalación de las artistas. El asalto al presente. Una mujer queda clavada en la reja y otra pasa por encima de ella. Es el individualismo salvaje de nuestro tiempo. Somos esclavas y esclavos del consumo en la sociedad postindustrial. La mujer que refleja Kimberly Clark idolatra a los maniquíes haciendo de los escaparates los nuevos santuarios. Persigue un ideal inalcanzable en permanente escape. Con su propia cabeza cortada y acarreada como un bolso, el maniquí decapitado sugiere que el culto al cuerpo y al placer inmediato dominan al pensamiento.

Clark retrata a la mujer que vestida de lujo dispuesta a divertirse, tras una noche de consumo queda revestida de indigencia. El análisis es válido para el hombre, porque el sexo del consumidor compulsivo no tiene la menor importancia para el vendedor.
La tensa serenidad de Van Dongen es éxtasis consumista en Clark. La seguridad en Van Dongen es renuncia en Clark. La delicada belleza de una es brutal realidad en conjunto.

Kimberly Clark, no sin cierta ironía, señala su propia condición, tal vez como vacuna para evitar sus propios excesos y también los nuestros. O al menos para hacernos conscientes de los mismos y del tiempo en que vivimos. La primera individual de Iris Van Dongen en España es una exposición que sin duda recordaremos.

Iris Van Dongen/Kimberly Clark
Galería Luis Adelantado Valencia
Valencia
Del 23 de noviembre de 2011 al 20 de enero de 2012

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ValenciaArte. Iris Van Dongen en Luis Adelantado Valencia