Implosió impugnada 10,12 i 14 / Rafael Tormo i Cuenca / Galería Rosa Santos

La exposición de Rafael Tormo i Cuenca, Implosió impugnada 10,12 i 14. Paraules gastades en llocs comuns, trabaja en esa brecha imposible de cerrar entre realidad y percepción.

Mediante eslóganes, cortas frases tan contundentes como ambiguas, trata de tender puentes hacia lo real, intentando poner a su favor las armas de los medios de masas y la publicidad. Su propósito, sin embargo, no es un interés privado, excluyente, sino público. Y actúa en ese ámbito.
Tormo i Cuenca retrata los emplazamientos desfavorecidos de nuestras ciudades, convirtiéndolos en los lugares comunes que nos ofrecen el cine, la televisión o los videoclips, para despojarlos de representación y presentarlos como lo que son, nuestro devaluado medio ambiente.

Los mass media con perversa habilidad utilizan como decorado postindustrial lo más lóbrego y sórdido de nuestro paisaje urbano. El artista insiste en esa estrategia y él mismo realiza dicha operación, para dar como mensaje el propio significante. Convenientemente iluminados y tratados, los rincones más desapacibles de nuestro entorno servirían tanto para un pase de moda como para una campaña a favor de la lectura, siempre que no salgan en escena los habitantes de los márgenes de la sociedad. Tormo i Cuenca propone conscientemente un discurso complejo y una vez construido el decorado, nos da un mensaje inesperado. No va tratar de vendernos un paquete vacacional, ni un plan de pensiones. Nos ofrece ver el decorado. Lo inhóspito de la especulación. Lo insolidario de la corrupción. Lo injusto de la  desigualdad social.

Los mensajes escritos que realzan la escena podrían dar a entender una nostalgia por la modernidad. “Ja no tinc res nou que contar”, “gràcies per no perdre la fe”, parecen despreciar la búsqueda de lo nuevo y hablar en favor de los metarrelatos, pero una alusión de Tormo i Cuenca a Hal Foster, uno de los valedores de la posmodernidad, nos conduce a otra posición. El artista no asume ninguna ortodoxia teórica de verdades absolutas. El ya no tengo nada nuevo que contar, es una crítica a la búsqueda vacía de lo nuevo. El gracias por no perder la fe, es después del fin de los metarrelatos, un alegato a favor de la constancia de las voces discordantes. Tormo señala el círculo vicioso que genera y consume cosas que ni son nuevas ni son necesarias. Haciendo que esa crítica valga tanto para el mercado del arte como para el mercado del suelo urbano, manteniendo su fe en el escepticismo con respecto a los discursos dominantes.

Como un doble agente que parece trabajar para el lado más oscuro del capitalismo, utiliza una estética postindustrial, para inesperadamente, hacernos llegar precisamente la oscuridad de esos lugares. Mientras la sociedad del espectáculo ofrece las bambalinas como imagen central acostumbrándonos a ellas para desactivar la intranquilidad que debería producirnos compartir espacio con ambientes tan sórdidos, la exposición pone los focos sobre las fotografías de dichos decorados, los saca a la luz, y los muestra del modo a que nos ha acostumbrado la publicidad, pero anula la maquiavélica operación de los publicistas -esos que ponen música trash metal en anuncios de coches de lujo-, y los ofrece por sí mismos. No son un decorado, son nuestro hábitat, forma parte de nuestro entorno. Es la vida urbana, a la vuelta de la esquina, expropiada, empobrecida y envejecida, sin necesidad de maquillaje.

Implosió impugnada 10,12 i 14
Paraules gastades en llocs comuns

Rafael Tormo i Cuenca
Galería Rosa Santos
Valencia
Del 2 de diciembre al 14 de enero de 2012