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London, October 2014. Greetings from a Place in My Heart

La muestra What Marcel Duchamp Taught me en The Fine Art Society es un divertimento. Como debe ser. La falta de humor haría la obra de Duchamp insoportable. Una ruleta en permanente jugada podría ser un resumen muy acertado de la obra del francés. Así como también podría serlo una maleta llena de pipas inservibles. Ambas cosas están en la exposición. Pero un graffiti en la puerta de Étant Donnés, como plantea Oliver Clegg,  se me antoja más acorde a lo esperado, es el proceso contrario, en lugar de ir a buscar a Duchamp en su tiempo, traerlo al nuestro.En la misma calle New Bond Street, un poco más al norte, está Christie’s, que con The Bad Shepherd propone un acercamiento a los Brueghel, especialmente los primeros, los Pieter, desde la mirada de artistas contemporáneos. Entre ellos están Peter Doig, Nicole Eisenman, Thomas Shütte y Sarah Lucas.

Thomas Shütte, y “Les Aveugles” de Baudelaire, texto recogido en el catálogo, reflejan un cuadro que no figura en la muestra, “La parábola de los ciegos” de Pieter Brueghel el Viejo. Ese es el tono de la exposición, el modo en que los Brueghel nos muestran la vida corriente de su época, concitando, levemente, casi de modo aséptico, una mirada crítica a la narración expuesta, a la parábola enmarcada.

Me parece notable como Chrisitie’s conecta la obra de Peter Doig con los Brueghel a través del simbolismo. Peter Doig parece aquí Pierre Puvis de Chavannes, pintado por Gustave Moreau u Odilon Redon, si bien más onírico que decadente. Me gusta también como enlazan la obra de Nicole Eisenman con los pintores flamencos a través del realismo mágico.
Hay en “Beer Garden at Night”, de Eisenman, un rostro en primer plano, girando la cabeza de modo casi imposible, que recuerda los retratos de Max Beckmann. En la misma obra otras figuras se acercan al tono carnavalesco de Emil Nolde. Se trata de una kermesse nada heroica, filtrada por los impresionistas franceses y desde la óptica de la nueva objetividad. Eisenman cita también el surrealismo mejicano con la catarina dando su beso eterno.

Acomodar juntas las obras de los Brueghel y Sarah Lucas es un tanto complejo, pero no por ello falto de interés. Quizás el urinario de Sarah Lucas debería estar con los otros Duchampianos. Aquí no puede sino aludir a la ausencia de mobiliario apropiado en la vida cotidiana del siglo XVI. Y el neón vertical muerto -o peleando- con las botas puestas es más explícito que los evidentes abusos sexuales que hay en los Brueghel. Mientras los Brueghel dejan en mano del espectador tomar conciencia de la realidad que ellos han elegido pintar, Lucas es beligerante cuestionando el rol de la mujer.

La Royal Academy of Arts parece el lugar adecuado para exponer los enormes lienzos de Kiefer. Es raro ver tantos grandes formatos juntos, sin embargo, no es truculento como podría esperarse. Kiefer es severo, sobrío, lúgubre, vasto. Mortecino como un Réquiem. En Kiefer nada es liviano, al contrario, hasta el dibujo más delicado tiene algún componente haciendo notar que es una carga que requiere cierto esfuerzo. Ya sea una mancha oscura, o un soporte de plomo. Ocres, tierra quemada y óxidos, son los colores dominantes.

En Dairy Art Centre, viendo Greetings from a Place in My Heart, disfruto con Yoshitomo Nara del contraste entre personajes aniñados acompañados de textos o gestos de protesta más al alcance de adolescentes rebeldes. Los apósitos, vendajes y cicatrices, iluminan los rostros marcados por travesuras quizás demasiado arriesgadas. Los textos llaman a desobediencia, a hacer ruido, a pintar graffitis, a enfrentarse a una sociedad envejecida y poco dispuesta a cambiar sus costumbres. Pero también los personajes de Nara se cuestionan a sí mismos, y a él a través de sus personajes, “Forever Young, so what?” Ser joven no es una excusa ni una justificación.
Danny Fox en Cock’n’Bulls convoca una multitud variada atraída por sus sugerentes fotografías en la red. Las pinceladas son sueltas, francas, bien aprendidas de Basquiat. Notable para un autodidacta. Los rostros masculinos son como un Picasso de tres cuartos con esos ojos que tanto obsesionaban a Santiago Amón.