I Don’t Know. The Weave of Textile Language / Richard Tuttle / Tate Modern + Whitechapel Gallery

En la Tate Modern quedo fascinado bajo la instalación de Richard Tuttle, “I Don’t Know. The Weave of Textile Language”. Trasladar la sensibilidad del pequeño formato a grandes escalas es un riesgo proporcional al cambio de tamaño y que muchas veces desemboca en fracaso. No es el caso. Tuttle ha ocupado la Sala de Turbinas con gran acierto. La idea que alguien pretenda hacerse de la instalación a partir de una fotografía en la red, está muy lejos de la experiencia que se obtiene in situ. Al contrario, una repetida visita, dará medida de la consistencia del trabajo de Tuttle.
La obra está suspendida a bastante altura y consiste en una gran pieza horizontal que recuerda la estructura de un ala, sin forrar, con sus costillas visibles. La superficie de este esqueleto es de madera satinada, de un tono cálido, casi humano,  anulando el frío que podría sugerir un objeto de origen industrial. Bajo el centro, tiene adosado lo que recuerda una cabina bajo un zepelín. El alero está semicubierto, escuetamente vestido podríamos decir, con lienzos de tela de color amarillo indio. El cuerpo central está guarnecido de rojo bermellón. El resultado es muy orgánico. Muy vivo. Como un trabajo de alta costura realizado por un artista povera, sobre un cuerpo andrógino, ocultando apenas sus partes erógenas, o al contrario, haciéndolas visibles. Las telas parecen estar sujetas por alfileres. A pesar de su gran tamaño da la sensación de algo efímero, frágil. Es un objeto que parece como dibujado en el aire.

Esta Niké alada, parecería avalar la tesis de Marinetti en la que cualquier artilugio es más bello que la Victoria de Samotracia, también alada. Lejos está Tuttle del canon grecorromano o la cultura clásica, pero todavía más lejos de la intención de Tuttle está honrar el culto a la velocidad o a la tecnología sin control.Quizás vistiendo la Niké, Tuttle simboliza un intento de humanizar la tecnología. Si entendemos humanizar como hacerlo razonable. Y si entendemos razonable como hacerlo viable, solidario, sostenible y además bello. Con la belleza de lo que no se ajusta a ningún canon. Tampoco el de “el encuentro fortuito”.

La mejor forma de completar el sentido de la instalación de Tuttle en la Tate Modern es visitando la Whitechapel Gallery en donde el artista exhibe un conjunto de obras que nos acercan a un trabajo más íntimo, con materiales pobres y formas asimétricas, composiciones arrítmicas, sin cadencias reconocibles, nada grandilocuente, nada futurista. El tejido, con su trama, se convierte en lenguaje, líneas de un mapa en el que lo bello es una elección, ex-novo, del espectador. No un reconocimiento. No depende de la adecuación a un precepto.

La muestra va desde la diminuta construcción ligando pequeños objetos, a la instalación de mediano tamaño, que trata de ocupar el espacio en torno a ella, sutilmente, careciendo de volumen. O la que sitúa el bastidor, su antiguo soporte, desfigurado, delante, debajo o en torno a ella, no detrás. Agregados a estas antedichas construcciones encontramos, materiales muy diversos, bien lo que podrían ser restos de bisutería, o los dispares tesoros de un niño. Algunos de los pequeños elementos están adheridos a un recorte de muselina, que sujeta a una construcción que hace las veces de peana, queda adosada a la pared.  Son ajenos a cualquier hornacina, son la antítesis de una imagen votiva.

Ciertos retazos de tela, colgados, o cubriendo objetos, conforman un lenguaje a mitad de camino entre la escultura, el dibujo o la instalación. Son superficie ocupando un espacio. Partiendo de desposeer a la tela de su función de depositaria de la pintura, comenzando por eliminar el bastidor y quedándose con el lienzo, por liquidar la función del tejido como soporte, Tuttle elabora una poética en torno al tejido mismo, haciéndolo visible, centro de atención. En algunos casos le lleva finalmente a integrar la tela como elemento adherido a otro soporte. Así encontramos trozos de muselina sobre papel, a modo de trama. Todas estas obras rehúyen ser clasificadas en un género cerrado. Un único objeto, un cilindro de tela trenzada, breve, solitario, transportable, colocado en interior, apenas advertido, casi a ras de tierra, dispuesto sobre una preexistente protuberancia de la pared, replantea las reglas del site-specific. Parece distante de la instalación en la Tate Modern y sin embargo proceden del mismo modo de hacer.

Conjugando ambas exposiciones, Whitechapel Gallery y Tate Modern’s Turbine Hall, las dos ganan en contenido y en calado. Richard Tuttle no solamente redefine las posibilidades del tejido, sino las posibilidades de la belleza, del arte en suma, diluyendo las fronteras entre géneros, escapando de encorsetados paradigmas.

Richard Tuttle
I Don’t Know or The Weave of Textile Language

Whitechapel Gallery
14 octubre – 14 diciembre 2014
Tate Modern’s Turbine Hall
14 octubre 2014 – 6 abril 2015