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Decision / Carsten Höller / Hayward Gallery

La exposición de Carsten Höller en Hayward Gallery comienza con la toma de una decisión, hay dos túneles a escoger, los Decision Corridors. Elegido uno, nos encontramos en un laberinto metálico prácticamente a oscuras por el que se avanza palpando las paredes laterales. Cada recodo obliga a buscar a tientas la nueva dirección del túnel. No solamente gira, también se alza o desciende levemente, haciendo perder totalmente cualquier referencia previa. Precisamente es la pérdida de referencias y la reubicación en un nuevo eje de coordenadas el leitmotiv que domina la muestra. Esa reubicación se realiza obligando a sentir de nuevo bajo un cambiante sistema perceptivo. La ausencia de luz tiene además un potente valor simbólico, en la historia del arte occidental la luz tiene que ver la deidad, con lo permanente, con lo cierto. La frase “Yo soy la luz del mundo” carece de sentido en el túnel, “Yo soy el principio y el fin” queda anulado cuando no sabes en dónde te encuentras ni hacia dónde vas, “Yo soy el alfa y el omega” deja de ser importante cuando te enfrentas a otro sistema de comunicación.

En el túnel, el espectador camina a ciegas, el sentido de la vista es cancelado y debe guiarse por el tacto y el oído, debe partir de cero. Tras ello llega a una gran sala en la que una especie de modelo de sistema planetario gira movido, voluntariamente, azarosamente, por un espectador. Si la pérdida de referencias es el leitmotiv, el giro, el ciclo, en uno u otro sentido, es el deux ex machina de la propuesta de Höller. Los planetas aquí, los Flying Mushrooms, son Amanitas muscarias, configurando una galaxia de hongos alucinógenos, partidos longitudinalmente, con un lado colocado de modo invertido. Lo que está arriba, puede estar abajo, dependiendo del punto de vista. Lo que gira, viene y va, se aleja y al mismo tiempo ya se está acercando. Que gire en un sentido o en otro depende de ti mismo. Las agujas de reloj ya no tienen una dirección única, feliz no-cumpleaños.

En la siguiente sala hay en el suelo un gran montón de cápsulas, que caen lentamente del techo, pero sin cesar. Como un maná eterno, cada nueva cápsula como nueva medida del tiempo, al alcance de la mano, mitad rojas, mitad blancas, como la Amanita Muscaria, insisten en que nos lancemos a perder la conciencia de lo rígidamente establecido, a dejarnos llevar, a sentir de un modo diferente, y a elegir como en la película Matrix “Te tomas la pastilla roja, te quedas en el país de las maravillas, y yo te muestro hasta dónde llega el agujero de la madriguera”. En este punto, apenas comenzado el recorrido expositivo, el viaje artístico, ya hemos entrado en la madriguera del conejo a través del túnel, ya hemos tomado la pastilla, ya somos Alicia en el país de Carsten Höller. El artista incita al espectador a usar sus sentidos. Esto es, a percibir, a recibir mensajes, a emitirlos, a verse inmerso en la obra de arte. Prácticamente no hay escapatoria. Difícilmente podemos tomar la pastilla azul y salir de la exposición como si nada hubiera ocurrido. Pero la decisión, en última instancia, es nuestra.

A continuación vemos como dos camas de hospital se mueven, avanzan lentamente y aleatoriamente, giran, proponiendo un viaje mientras dormimos. Las camas han estado a lo largo de la exposición a disposición del público para utilizarlas durante la noche. Era posible pasar la noche en la galería durmiendo en una de las dos camas. El elástico y múltiple mundo de los sueños, donde todo puede ocurrir, es indistinguible del mundo de la exposición.

Cerca de las camas podemos disfrutar de una realidad virtual, unas gafas y unos auriculares nos introducen en nuevo espacio. Lo que vemos parece un bosque como en el que crecería la Amanita muscaria, y parece que está nevando, quizás las mismas pastillas que vimos al inicio del recorrido. De pronto, la visión se escinde mostrando diferentes lados de la escena simultáneamente.

En una pared pintada en diferentes tonos cálidos, un insecto, un áfido, parece que está dando a luz, como un mamífero, a su cría. En realidad, se pueden multiplicar por partenogénesis, sin contacto sexual. Pero en el entorno de la exposición nos lleva a recordar a la oruga que conversa con Alicia. “Si sé quién era al levantarme esta mañana pero creo que he cambiado varias veces desde entonces”.

El insecto se está replicando, alumbrando a sí mismo y al mismo tiempo está alumbrando una nueva vida. Igual y diferente. Viejo y nuevo se confunden. Al salir de la exposición deberíamos sentirnos diferentes, nuevos y al mismo tiempo seguir siendo los mismos. El juego con el sentido de las palabras no es ajeno aquí, una vez más la luz, y el creador es un insecto. El poder del cambio está dentro de nosotros, y Höller lo está activando. Si bien no se trata de una metamorfosis exterior sino interior.

Simultáneamente, la referencia a la pintura-pintura con la gama de colores planos parece una lúdica concesión a los que solo aceptan arte enmarcado o en un formato clásico. Además es posible una lectura en clave feminista, no por el color, sino porque algunas especies que se reproducen mediante partenogénesis podrían prescindir enteramente del sexo masculino.

Después nos encontramos con Insensatus, una obra que consiste en varios tubos de pintura, uno para cada miembro de la familia, y que plantea el pigmento como droga. El artista no solamente establece su propuesta como un alegre paraíso artificial, sino que también sugiere que disfrutemos de toda la historia del arte del mismo modo, de un modo lúdico, generoso, festivo, instructivo, doloroso a veces, pero siempre constructivo.

En un pasillo hay dos filas de monitores enfrentados. En cada par, la misma persona, todas mujeres, dialoga consigo misma, se da la réplica. A veces en inglés, a veces en francés, a veces subtitulada. El idioma es una muleta, una prótesis, una tecnología, que nos ayuda a sentir y a hacer sentir. Una frase es contestada por la misma sentencia o a veces por su opuesta, con su sentido girado, en un loop interminable. Caminamos entre los monitores, interrumpiendo la conversación, como caminando a través de una cascada de diálogos, una cascada de luz, bañados en luz, luz otra vez.

Otra sala está configurada como un gran e inevitable juego de espejos. Nos encontramos ante el arte como copia, como mímesis, nos replicamos como el áfido, pero también somos Alicia a través del espejo. Nos encontramos ante nosotros mismos. Somos espectáculo y espectador, vemos y somos vistos. Aquí tenemos las preguntas y las respuestas. La decisión es nuestra. ¿Qué es el arte? Depende de nosotros.

En la misma sala un gran dado hueco está siendo asaltado por pequeños infantes. Lo lúdico es inherente a la exposición, pero es explotado de un modo sorprendente. El dado es también una referencia a Stéphane Mallarmé, cada niño juega a su manera, inventa su juego dentro del dado, y asoma por diferente agujero, “una tirada de dados jamás abolirá el azar”. Höller ha dejado el dado de un modo determinado, pero esta determinación es abolida cada vez que alguien entra en el dado.

Olvidar la sensación de peso, la levedad, la ingravidez, flotar como un pájaro, adoptar un punto de vista elevado, es posible gracias al artista. Y una vez más, girando, colgando de un arnés como en un parapente.

Y ver el mundo al revés, obtener una imagen invertida, vivir en un giro, caminar por el suelo con los pies en el cielo, una sensación mareante que da un vuelco al estómago, está a  nuestra disposición si nos colocamos unas gafas construidas para ello. No es fácil dar unos pasos cuando tus pies los sientes muy por encima de tu cabeza.

La penúltima experiencia nos anima a deformar nuestro cuerpo. Si doblamos el brazo y apoyamos la punta de los dedos en la nariz a la vez que aplicamos una vibración en los tendones del antebrazo gracias a un dispositivo que ha dispuesto el artista, nuestro brazo, que permanece quieto, lo sentiremos extenderse, pero el contacto con la nariz nos hará creer que nuestra nariz se estira, como un efecto Pinocho.

La exposición termina saliendo por uno de los archiconocidos toboganes de Höller. Nos dejamos caer, a más velocidad de la que esperamos, girando, en uno u otro sentido, dependiendo del tobogán que hayamos elegido. La sonrisa, inevitable, la cara de niño, la sensación de haber disfrutado, de saber que has visto una exposición que siempre recordarás, es realmente fantástica, redundando, sientes haber estado dentro de la pura fantasía. Ha sido un viaje lisérgico, de estructura cíclica, alucinógeno, y sin efectos secundarios. Höller amplia la percepción a su máximas posibilidades. Höller es la pastilla roja. Y yo la tomé. 

Decision
Carsten Höller
Hayward Gallery
Southbank Centre
London
10 June – 6 September 2015