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In-Between / Thomas Hirschhorn / South London Gallery

Thomas Hirschhorn nos muestra el caos en que estamos envueltos. El paisaje después de una guerra es el aspecto normal del mundo contemporáneo. Por el contrario, el lado amable, el que con suerte habitamos, está embellecido, es decorado, representación, efecto Potemkim. Un decorado auto-producido y auto-complaciente.

En medio de la devastación que nos rodea en la galería, solo permanecen en pie los retretes. Como si el resto hubiera surgido a través de ellos. Como letrinas desbordadas de escombros. Como escusados regurgitando los desastres de la guerra. Esta sería la escena grabada por un Goya del siglo XXI. Las paredes están agrietadas, los techos hundidos, los tejados llenos de agujeros, y las tuberías y los cables cuelgan peligrosamente. Citar a Karl Marx no parece muy descabellado aquí: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Marshall Berman utilizó esta frase como título de un magnífico volumen en el que señala la tendencia autodestructiva de la modernidad.

La instalación se convierte en real a poco de entrar en la galería. Lo siguiente es comprender que el simulacro está fuera. Que la vida de muchos está acompasada por detonaciones. Allí donde el metrónomo es una metralleta, la precaria realidad es arruinada una y otra vez. Lo que vemos, ya sin sonido, no deja de evocar la atronadora guerrilla indiscriminada, la razia voraz que como una plaga arrasa todo por donde pasa, el fragor latente que permanece en el oído como un insoportable zumbido similar a un flatlane, a un encefalograma plano.

En esta exposición no encontramos los usuales maniquíes que hemos visto otras veces manejar al artista. Sin figura alguna, el espectador se ve súbitamente convertido en habitante de las ruinas, en caminante desolado, en un flâneur despojado sentido, pues ya no hay ciudad, ni ciudadano. La luz que entra por la miríada de boquetes abiertos en el techo se asemeja a la de la noche más hermosa imaginable y sin embargo es indicativa de los días más aciagos. El panorama es desapacible. No es inocuo como un videojuego. No tiene la asepsia del noticiario que convierte todo en ficción, lejano, ajeno, incluso bello. Evita que, como apuntó Jean Baudrillard, gracias al filtro televisivo, nos sintamos a salvo pensando que la guerra no ha tenido lugar, indistinta entre las películas y los anuncios.

Hirschhorn hace política cuando expone, manifiesta, indica, provoca. Una tela colgando de una pared lleva pintada una cita de Antonio Gramsci sugiriendo las motivaciones del artista. “Destruction is difficult. It is as difficult as creation.”

El artista quiere destruir la destrucción, destruir la desigualdad, las guerras, la miseria, el hambre, el principio de Pareto por la que un mínimo porcentaje de la población detenta la riqueza del mundo. Quiere recordarnos que todas las guerras son comerciales. Que la munición es un objeto de consumo. Que la gasolina que mueve los tanques es vendida por los mismos proveedores a todos los bandos -tal como noveló Thomas Pynchon en El arco iris de gravedad-. En realidad solamente hay dos bandos, el que recibe las balas y el que las vende.

Hirschhorn haciendo arte, hace crítica, y lo hace a la manera de Charles Baudelaire: “Para ser justa, es decir, para tener su razón de ser, la crítica debe ser parcial, apasionada, política; esto es: debe adoptar un punto de vista exclusivo, pero un punto de vista exclusivo que abra al máximo los horizontes”.

Yo comparto también el lema de Baudelaire, y escribo de modo parcial, apasionado, político. ¿Tú, de qué lado estás? Yo, en el de Hirschhorn.

In-Between

Thomas Hirschhorn:

South London Gallery

London

26 June – 13 September